- El expresidente regional, estrechamente ligado a la sombra de corrupción de Gregorio Santos, busca protagonismo impulsando la candidatura de Roberto Sánchez (Juntos por el Perú).
- Analistas y medios locales exponen la nula autoridad moral de Medina para enarbolar banderas de «institucionalidad» o defensa ciudadana.
- El autodenominado frente es duramente criticado por su intolerancia discursiva, al intentar deslegitimar a quienes optan por otras opciones electorales.
CAJAMARCA — En la política peruana, la memoria a corto plazo suele ser el mejor aliado de quienes buscan reinventarse tras gestiones manchadas por el escándalo. Este parece ser el cálculo del expresidente regional de Cajamarca, Porfirio Medina, quien ha irrumpido nuevamente en el escenario político (postulará al Gorecaj) liderando el recién creado «Frente por la Defensa del Voto Popular». La iniciativa, que congrega a representantes de diversas organizaciones, tiene un objetivo electoral claro: operar como maquinaria de apoyo para Roberto Sánchez, candidato presidencial de Juntos por el Perú.
Sin embargo, el retorno de Medina a la primera línea política ha chocado frontalmente con el escrutinio de la prensa regional, que no ha dudado en cuestionar la legitimidad de una figura cuyo pasado reciente está intrínsecamente ligado a uno de los capítulos más oscuros de la administración pública cajamarquina.
El pesado lastre de la corrupción y el MAS
Resulta paradójico que Medina se autoproclame hoy como el gran defensor de la voluntad ciudadana y la «institucionalidad». Durante años, el exgobernador fue el principal camarada y escudero político de Gregorio Santos Guerrero, exlíder del Movimiento de Afirmación Social (MAS), quien actualmente cumple condena en un penal de máxima seguridad en la capital por graves delitos de corrupción cometidos en agravio del Estado.
El intento de Porfirio Medina de presentarse como un garante democrático choca con el evidente fracaso ético de su sector político. Hablar de recuperar instituciones cuando se fue parte de un aparato que las vulneró sistemáticamente constituye, para muchos cajamarquinos, una flagrante contradicción.
La gran interrogante que se cierne sobre este movimiento es su verdadera motivación. Lejos de ser un acto de desprendimiento democrático, analistas locales señalan que Medina busca utilizar este frente como un salvavidas político. La estrategia parece orientada a reciclar su imagen e insertarse en el ecosistema de Juntos por el Perú, intentando borrar con una pomposa etiqueta de «defensa del voto» los pasivos judiciales de su antigua agrupación.
Soberbia discursiva y exclusión democrática
Más allá de los antecedentes de sus promotores, la naturaleza del autodenominado «Frente por la Defensa del Voto Popular» ha sido cuestionada por su alarmante intolerancia. En sus pronunciamientos, sus líderes se han arrogado la representación exclusiva del «pueblo», reduciendo a quienes piensan distinto a ciudadanos movilizados únicamente por el miedo o el error.
Frente a este discurso excluyente, el periodismo local ha sido incisivo: ¿Acaso los millones de ciudadanos que rechazan la candidatura de Roberto Sánchez y optan por otras alternativas son extraterrestres o ciudadanos de segunda categoría? Esta retórica desnuda una evidente soberbia política, que confunde una facción partidaria con la totalidad de la población.
En definitiva, tras las consignas de «tranquilidad» y el llamado a cerrar filas, se evidencia una maniobra calculada. El frente liderado por Porfirio Medina no parece ser un esfuerzo cívico por salvaguardar la democracia, sino una fachada oportunista diseñada para capitalizar el descontento social. Es el enésimo intento de un político cuestionado por aferrarse a una vigencia electoral que las urnas y la justicia, en su momento, ya le habían retirado.


